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Por sí alguno tenía dudas al respecto, hoy nos acostamos con la noticia de que, finalmente, CIU hará gobierno con ERC. Perdón, hará desgobierno, deslealtad, desunión, desorden, desconcierto. En fin, hará la antiespaña con fuerzas redobladas. Lo que hasta ahora hemos visto, leído y escuchado no es sino el prolegomeno. Todo parece que será la legislatura del conflicto abierto, de la insumisión al orden establecido, de la deslealtad institucionalizada.

La “contra” no será menos organizada, seguro. Algunos en la calle ondeando la enseña nacional, recuperando espacios públicos, llamando a la rebelión frente al nacionalismo sectario, mentiroso e inmoral. Otros, en los despachos. Unos pocos, en el Parlamento, con voz sorda y trémula, otros en el Parlamento con voz más bien lerrouxista e histriónica. Algunos, en los Juzgados y Tribunales defendiendo la legalidad.

Sin embargo, España, no se olvide, sólo saldrá airosa de esta batalla en defensa de la unidad y de la verdadera Cataluña si aparece como algo grande, enorme, gigante, algo casi mágico, muy superior a lo jurídico, a las leyes y a la Constitución, salvaguarda de las libertades individuales, y del orden económico (sí), pero también de nuestra dignidad personal y nacional, que la tenemos.

En realidad, nadie da la vida por un Código ni por una Constitución. Nadie da la vida por su condición de ciudadano, o de productor o empresario. La vida se da, se regala por cosas grandes, trascendentes, sobrehumanas. Por cosas que uno no puede ni comprender, ni aprehender, pero sí amar.

El odio de una idea sólo puede combatirse con la idea de un amor, y con el amor a la idea. La idea de España, así intituló Ganivet uno de sus trabajos, con los que se arranca un siglo que está ideológicamente por terminar.

Alguien tendrá ya que acabar con el noventayochismo y el criticismo. España se pregunta qué es, (no lo olvide el lector) desde que dejó de ser ella misma. La pregunta alienta el odio y la secesión, deshace lo infecundo, anima el desánimo, y sobre todo ahuyenta al joven que no quiere dar la vida por una duda. Descartes y su duda no hacen revoluciones ni levantan imperios. Acabemos con el noventayochismo y rehagámonos España.

No hay que hacer España ni rehacer España. Hay que hacerse España! Vibrar desde la mañana hasta la noche con su historia heroica, sus gestas, sus mitos, sus leyendas, sus tradiciones, sus lenguas, sus artistas y guerreros, sus reyes y sus doncellas, sus celestinas y sus donjuanes, sus santos y sus fulanas. El constitucionalismo, que tantas cosas buenas trajo al mundo jurídico, en cambio, pretende encasillar las naciones, petrificarlas en un conjunto más o menos flexible
y armonizado de normas y sistemas. Pero eso es matar a la nación, que es vida, movimiento, historia, herencia, Patria, tierra de los padres, de los nuestros y de los padres de nuestros hijos, y de nuestros nietos. La Patria es movimiento, porque es humana, y porque es humana resulta vano el esfuerzo de hacerla ensayo. España es poesía.

Se da la vida por un poema. España se hizo ensayo en el 98. Ahora toca matar lo que de malo ha dejado el noventayochismo: la duda permanente, el criticismo exacerbado, la mala consciencia de pecados no cometidos, que es escrúpulo, el diletantismo. Hay que matar el noventayochismo recuperando la idea de España, que es teatro, que es verso, que es gesta y cantar, del Mío Cid, y de Don Juan, y del Quijote, que es todo a la vez.

Acabemos con lo que de malo dejó el noventayochismo: el político mendaz y partidista, el empresario sin riesgo, el estraperlo, la corrupción, el parlamentarismo ramplón, la escolarización básica,obligatoria, gratuita e igualitaria, el obrero sin trabajo pero con subsidio, la quema de conventos y la quema de banderas, la universidad sin élite, la élite sin universidad. Cierto, Don José, ya lo decía usted, no es esto, no es esto!

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