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Terminé hace semanas la lectura de este muy interesante ensayo de Don Gonzalo Fernández de la Mora, autor fecundo, hombre cultismo, político. Los más jóvenes no le conocerán. Por mi parte, de él tenía unas cuantas referencias, inconexas, sobre su vida y obras. Hombre leal, sin duda. Como pocos, poquísimos.

El ensayo es, sin duda, sugerente. Por encima de todo, es un sucinto pero completo examen de cómo la envidia, ese dolor del bien ajeno, ese sufrir de la felicidad del otro, ha sido tratada por filósofos, moralistas y pensadores en general. Desde Aristóteles a Nietzsche, de Santo Tomás a Freud, pasando por Kant, Descartes, Comte, Maquiavelo, Feijoo. El autor descubre que a pesar de su universalidad y de sus efectos devastadores en el alma de quien padece envidia y en la vida social, la filosofía no contiene ningún estudio exhaustivo del asunto. Don Gonzalo acomete la enorme tarea y sale airoso sin duda.

La envidia es la gran olvidada de la filosofía, dice Don Gonzalo, porque es tan grande su devastación, tan potente su herida, y tan enorme su capacidad de ocultación, que ni los grandes moralistas se han atrevido a darle el golpe certero.

La segunda parte de la obra, menos elaborada pero más sugerente, sostiene que las grandes ideologías que han triunfado durante los dos últimos siglos, democracia de partidos liberal-burguesa y socialismo o bolchevismo, se alimentan de la envidia o las envidias sociales. Los políticos y agitadores se alimentan de azuzar la envidia humana. Las clases dirigentes, otrora élites sociales, son envidiadas por enormes masas de compatriotas, de forma artificial, pues su envidia es creada interesadamente por los que recogen las nueces del árbol azuzado.

Frente a las diferencias naturales entre hombres y las diferencias nacidas de la propia vida, hay dos opciones, en suma: la emulación, de quien destina sus esfuerzos a crecer, ser más, esforzarse por alcanzar la felicidad que ve en otros y desea, y la envidia, que paraliza y que en su última fase deviene resentimiento, ese resentimiento nietzscheano, que convierte las sociedades en un campo de combate entre élite y masa, entre estado mayor y clase de tropa.

De ahí se explica la pérdida del principio de autoridad, la ausencia de consciencia de que la sociedad requiere orden; y el orden, jerarquía, y la jerarquía, un método sano para llevar a la cúpula a los más dotados y no a los que alcanzan la complaciencia de la masa resentida o del partido imperante.

Interesante lectura para este parón navideño.

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