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Mañana no muy fría. A mi derecha dejo la montaña de Montserrat, que no se ve, se adivina, tras la espesa niebla. Día de huelga general. Precavido, innecesariamente, llego a mi destino casi una hora antes de lo marcado, pues pensaba encontrarme carreteras paralizadas por los sindicatos de casta. Nada de eso. Carretera libre, aunque no se puede correr, porque a la menos te lo esperas salta la liebre, en forma de radar. Pronto atisbo Cervera, uno de esos cientos de municipios españoles que saben a historia viva de la Nación, que ahora, fruto del industrialismo y la concentración en grandes urbes, aparece como detenido. Huele a pueblo, efectivamente.

Paso por su Universidad, sí, la que fue erigida por orden de Felipe V tras haberse puesto del lado borbónico en la guerra de Sucesión española. ¿Qué hubiera sido de ti, Cervera, si la Universidad no hubiera perecido pasto de las llamas de la fortaleza de Barcelona? Dejo pasar ese pensamiento.

Tengo vista en el Juzgado de Primera instancia a las 10 pero llego a las 8,55. La ciudad duerme, y además, tarda mucho en desperezarse. Me da tiempo de pasear un rato por su Plaza Mayor; el carrer de les Bruixes, creo que así se llama, la calle Mayor – donde a mi izquierda veo un convento de Agustinos, ya no sé por quién habitado ahora -, placas de recuerdo de los Reyes Católicos, y esas estrechísimas callejuelas que asoman a la derecha, a mi paso, y son auténticos túneles de puro viento, pues la Cervera que paseo se cuelga sin miramientos en el cielo. Al final de la callejuela, España entera se abre a la ciudad en una inmensa llanura. Bruma. 

Tomo un café y vuelvo sobre mis pasos. Hay quien dice que Cervera, que Cataluña, ¡que yo mismo!, no somos España. ¡Locos! ¡Ignorantes! Si ni la historia de vuestra tierra conocéis, cómo podéis amar el destino universal de España! Estos paseos por la Cataluña no barcelonina resultan embriagadores y reconfortantes, aunque haya esteladas en los balcones. Ni las miro. Dejarán de estar algún día, porque…porque en Cervera un día estuvieron Isabel y Fernando, y porque Felipe V erigió una Universidad, y porque…porque me huele igual que Sigüenza, o que Úbeda. Recuerdo a Rianu, y recuerdo que algún día me contó que había paseado por Cervera.

Hoy, en Cervera, he paseado un rato. Vuelvo a Barcelona. Con el sabor unamuniano de la universitas. Enganchado del brazo de Ortega. Gracias a ambos.

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