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El otro día, mi buen amigo Agustín, vasco de pro, hombre cabal, inteligente y sensato, me afeaba por decirlo así, una anterior entrada al respecto del pensamiento conservador por lo que de acerada crítica había frente al liberalismo político. Resumidamente, me advertía que el liberalismo europeo no es como el americano, y que hoy en día el liberalismo es no más que la defensa de los derechos individuales, lo cual no es de criticar.

Le prometí entrar al trapo desde esta mi estrecha garita. Indudablemente, lo que llamamos liberalismo admite múltiples acepciones pues no es un concepto unívoco. A mi entender, se confunden los conceptos de liberalismo económico, economía de mercado, capitalismo, globalización, y liberalismo político o social. Y todo ello aún se confunde más si pretendemos comparar el resultado de la tesis liberal en Estados Unidos y en Europa, o en la América Central y del Sur.

El error procede, ordinariamente, de pensar que liberalismo económico y liberalismo político son realidades esencialmente diferentes. Y que uno y otro están indisolublemente unidos al  concepto de economía de mercado. Con tales ingredientes surge un potaje complicado de digerir, o lo que es lo mismo una ecuación incomprensible para mentes ordinarias como la mía. Si liberalismo económico es igual a economía de mercado y liberalismo económico es distinto de liberalismo político, ¿cómo puede equipararse el liberalismo político a la economía de mercado?

En el río revuelto, ganan pescadores. No siempre bienintencionados. El liberalismo político que es objeto de crítica por mi parte es el que se sostiene sobre el individualismo radical y el relativismo moral – principios que se necesitan como dos enamorados -; el que considera que  no hay verdades permanentes, el que se asienta sobre el principio de las mayorías político-parlamentarias, el liberalismo que – no son palabras mías, pero resuenan vigentes hoy – considera que la Justicia, la Belleza o la Verdad no son categorías permanentes de razón sino de la voluntad; esto es, el que pone todo el amplio abanico de las realidades humanas al albur de una decisión parlamentaria mayoritaria.

Muchas veces, las clasificaciones y mixtificaciones impiden ver con claridad y precisión. Y ciertamente resulta imposible acometer esta labor en un blog, y menos aún dada mi incapacidad y falta de conocimiento sobre el asunto. Muchos saben más que yo, obviamente. El problema es que no somos capaces de advertir que el liberalismo es el modelo de organización política y social que rige en Europa y Estados Unidos, mayoritariamente, y con algunas interrupciones, desde las denominadas revolución americana que dio con la Constitución de 1776 y la Revolución francesa de 1789 y su Constitución, si no ando errado, de 1791.

El liberalismo económico no es sino la aplicación – y no la menos relevante sin duda en el proceso revoluciones – al ámbito de la economía de esos principios de individualismo (la utilidad, el beneficio individual) y relativismo morales. Surge así luego la Ética de los negocios, como justificación más o menos elaborada, de las decisiones empresariales. ¡como si pudiera haber una ética de los negocios distinta de otras especies de ética. Lo bueno y lo malo, lo ético, se difuminan porque lo relevante no es la ética, sino el negocio. Todo es así objeto de transacción.

Finalmente, la economía de mercado, es un concepto, en mi opinión, más amplio y difícil de encuadrar. Mercado ha habido desde que hubo necesidad humana de transacción. Lo aprehendí al leer la “acción humana”  de ese gran liberal , que fue Von Misses. Ergo Mercado no es un concepto que pueda ser monopolizado por el liberal. Lo que sucede es que la unión de ambos entramados (mercado y liberalismo) da lugar a un modelo económico basado en el Capital, esto es, en la acumulación de riqueza y reproducción ad infinitum de los medios de producción ( perdón por emplear la terminología marxista). Pero cabe descubrir un mercado cuyo principio rector no sea el individualismo, el relativismo, la acumulación de riqueza, y la atribución de la propiedad a la acción ( hoy desposeída de todo rasgo de humanidad).

O al menos eso es lo que yo creo. No seré yo quien dé con el método o sistema de organización adecuado, pues miles de personas hay más capacitadas. Pero el conservador intuye esas verdades. Y por tanto no puede aceptar sin más los principios liberales. No es cuestión de religión. Es cuestión de creer que hay realidades que deben estar al margen de la transacción, económica o política. 

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