Hace tiempo que no hablo de Rianu, aquella niña que paseaba con sus hermanos a las faldas del río Guadalaviar, a los pies del castillo del Andador. Y no por falta de ganas, sino porque Rianu no me deja. Es esquiva, caprichosa, y muy celosa de su intimidad. Sin embargo, hoy ya toca. Rianu se hacía mayor, que es una forma como cualquier otra de hacerse.

Hay quien se hace mayor, y hay quien se empequeñece con el paso del tiempo. Todo depende de quién te rodee, con quién camines. El hombre es, obviamente, un ser social por naturaleza. Digan lo que digan esos filósofos de pacotilla que falsean con palabras y engañan con juegos de artificio. Rianu se hacía mayor. La prueba más evidente es que cuando iba a dormir se llevaba un libro para leer en la cama, si bien en realidad, el libro le acompañaba como somnífero natural.

Una de las cosas que caracterizan a los adultos, a los mayores, a los serios, es que se llevan libros a la cama para leer, y acaban rendidos antes de voltear la primera hoja. Además, es una prueba de que lo que se lee hoy en día no son obras de arte. Cuando uno está ante un misterio, una maravilla, un descubrimiento, nunca se duerme, por muy cansado que esté. Sólo admira.

Una noche que Rianu tenía faringitis llevó consigo a la cama su libro de cabecera. No recuerdo qué edad tenía entonces, pero…La enfermedad le tenía retenida en casa desde hace varios días. Había perdido el apetito, pero intentaba ocupar el tiempo leyendo y soñando, que es una forma de leer ese libro que todos llevamos impreso dentro, que se llama destino. Bueno, lo dicho. Se metió en la cama y empezó a leer. No llevaba ni cuatro líneas cuando el peso de la fiebre, y el dolor, y el sueño le vencieron. Pero con tan mala suerte que cerró los ojos antes de cerrar el libro.

Cayó en un sueño profundo. Por la mañana, al despertar, después de asearse, advirtió que el libro no tenía letras. Ni títulos, ni notas al pie, ni párrafos, ni imágenes. Todo había desaparecido. Imaginaos la sorpresa de Rianu al descubrir que el libro se había vaciado. De forma instintiva, se agachó a buscar debajo de la cama…De pronto, pensó, que lo que estaba haciendo era una soberana estupidez. ¡cómo iban las letras a haber salido del libro! Decidió pensar como piensan los mayores, con lógica perfecta, y concluyó que, efectivamente, el libro, como tal, nunca había existido, porque las palabras no andan solas.

Luego, más tranquila y reflexiva, mientras apuraba su primer café del día, se dijo que, obviamente, las letras se habían marchado. Era mucho más irracional pensar que no había pasado nada. Ella no tenía ninguna duda de lo que había sucedido. Las palabras, sílabas, letras, esdrújulas, llanas, agudas, tildes, diéresis, y signos de puntuación, habían decidido tomar las riendas de su vida, cansadas de ser una mera excusa para conciliar el sueño, y reclamando su lugar en el mundo.

Volvió a la habitación y pensó: ¿dónde pueden estar? ¡Claro! De repente le vino la inspiración. MIró al techo y allí estaban, en perfecto orden y formación, organizadas con perfección. Cada letra, cada sílaba, cada signo de puntuación, en su lugar, sin queja, y sin murmuración. Mayúsculas delante, minúsculas detrás, las m delante de las p, y las h, calladitas, en su sitio. Todo bien ordenado, en perfecta jerarquía.

Rianu sonrió. Volvió la noche siguiente, con su faringitis a cuestas y su fiebre remitiendo y se tumbó de nuevo, mirando al techo. Las palabras seguían allí, sonriendo. Ahora ya podía leer tumbada. Las letras felices de cumplir su vocación y Rianu feliz porque podía dormir sin temor a que las letras huyesen de nuevo. Empezó a leer. Y se durmió. Al despertar la faringitis había remitido pero las letras seguían colgadas del techo.

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