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Siendo este Blog como el Guadiana, que se sumerge, y parece morir, para luego, un poco allí, otro poco allá, asomar un atisbo, y más tarde, el cuerpo entero, desbordándose a veces, no puedo por menos que dedicar estas primeras líneas tras el último parón, a Don Santiago Gotor Carrau, hombre de una pieza, inmenso como su corazón, profundo como su fe; un hombre de ésos que ya no existen, porque son hijos de un tiempo en que nada se tenía y todo se ganaba.

Don Santiago falleció hace unos días transitando al cielo.

Es palabra de santo de nuestro tiempo que las crisis que corremos son crisis de santos. No se puede expresar mejor. Crisis de hombres serios, de fe intensa, de vida vivida, hombres que se hacen a sí propios construyendo una familia que luego se desparrama sin freno, con alegría, que se desborda como un río sin cauce. Ya tenemos a otro hombre bueno allí arriba; ¡nuestra victoria está más cerca!

Le conocí personalmente los últimos años y pudimos compartir alguna comida y festividad familiar. Recuerdo su mirada y su temple. Su cuerpo se debilitaba pero su alma se hacía más recia. Recuerdo el cariño y detalle con que trataba a su mujer, la admiración por sus hijos, el embelesamiento con sus nietos.

Sirvan estas líneas como homenaje y sincero agradecimiento; también a su mujer, a sus hijos y nietos. Y en especial, si Marta, Ana, Juan me lo permiten, a su hijo Santiago, Gotor también, compañero, amigo, camarada. Hombre sobrenatural de una pieza. Cuestiones de herencia.

Sé que el poeta asesinado dijo que “nada de un párrafo de gracias”, y que “el laconismo militar de nuestro estilo” nos impide extendernos en arabescos gongorianos y amaneramientos románticos. No lo haré. Pero no menos cierto es que las deudas de honor deben pagarse.

Lo dicho, un hombre de una pieza está ya en el cielo. Contamos con él.

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