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No sé dónde lo he leído o escuchado, que con esta vorágine informativa uno ya no sabe nunca exactamente en qué punto se encuentra, pero al parecer la manifestación convocada por los sindicatos contra la reforma laboral del Gobierno el pasado 19 de febrero de Madrid terminó con una alocución tal que así: “ahora a tomar cervezas y a vivir”. Le afeo la expresión al dirigente sindical, desde aquí, con humildad. Hubiera sido más cañí, más propio, un “a tomar unas cañas”. Lo de tomar cerveza es demasiado europeo, demasiado sofisticado, técnico. La caña es más vulgar, y a la vez, más nuestra. En realidad, hubiera preferido “a tomar unos vinos”. Por eso, quizás, los sindicatos no concentraron ni al “Tato”, ese viejo amigo que nunca viene a nada, en sus convocatorias en Vascongadas. Los vascos, que son muy españoles, prefieren siempre unos vinos. Con sus tapas obviamente, que eso de beber sin llevarse un pedazo de pan acompañado de productos de la tierra, es propio de pueblos bárbaros.

La anécdota puede y debe elevarse a categoría, obviamente. Aunque para ello me serviré de una cita de uno de los libros que ahora están en mi escritorio a punto de ser devorado, Los años decisivos, de Oswald Spengler, que un buen amigo me regaló hace unas semanas: “por eso, desde la Commune parisina de 1871 el bolchevismo, no ha intentado actuar tanto sobre el trabajador perito, laborioso y sobrio, que piensa en su oficio y en su familia, como sobre la canalla, hostil al trabajo, de las grandes ciudades, pronta en todo momento al asesinato y al saqueo”. 

Ciertamente, liberalismo y socialismo beben de la misma fuente y son reos de las mismas mentiras: el materialismo histórico y la lucha de clases. Unos y otros viven de azuzar el odio de clases y enfrentar al trabajador, convertido en proletario, con el empresario, convertido en patrono.

No podemos dejar de repetir que empresario y trabajador son dos arquetipos sociales absolutamente imprescindibles y que, por decirlo así, son de derecho natural. Hay hombres que desde antiguo han nacido con la vocación de emprender, innovar, fabricar, ingeniar. El empresario, como arquetipo, no es sólo, ni siquiera es lo más importante, un hombre que asume riesgo económico. El empresario es quien asume un riesgo moral, y pasa la mayor parte de su tiempo, pensando en innovar, producir mejor, vender su producto o su servicio; y es una vocación que merece el mayor de nuestros respetos. Y lo mismo el trabajador laborioso, que nace con la vocación de servir y de colaborar con el empresario y con otros trabajadores en producir algo que satisfaga una necesidad o un interés, a cambio de un sustento digno para sí y su familia. Empresario y trabajador  no están naturalmente enfrentados, antes al contrario; están naturalmente unidos y llamados a colaborar en un esfuerzo común.

Otra cosa es el sindicalista, el dirigente, el haragán, el liberado sindical, el perezoso, el que llevado por un resquemor y un odio de clase, empujado por la envidia y el ansia injustificada de riqueza, azuza a la masa y pretende convertir al trabajador, digno, en proletario, indigno.

Eso, ¡a tomar cañas!, vosotros, canallas, que habéis sido cómplices necesarios del desaguisado, vosotros que podéis. Porque el empresario honrado estuvo el domingo, seguro, pensando cómo acometer la siguiente semana, preocupado por saldar sus deudas y obtener crédito, buscando la mejor solución para el problema de su empresa, que es la mejor solución para sus trabajadores.

¡A tomar cañas!, vosotros, que os decís representantes de la clase trabajadora y no representáis más que vuestros privilegios y subvenciones, porque el trabajador honrado estuvo el domingo disfrutando de su mujer y de sus hijos porque termina la semana agotado de ese trabajo intenso, tenaz, serio y comprometido con la empresa, quizás porque tiene dos trabajos que compagina con dificultad para sacar su familia adelante.

¡A tomar cañas! ¡Venga! Si no me equivoco era Nietzsche el que decía que quería menos soldados y más guerreros. Nosotros queremos más empresarios y más trabajadores, y menos patronos organizados en confederaciones y menos proletarios ahogados en el odio de clase. Sólo con empresarios y trabajadores que se hagan dueños de sus vidas y de sus haciendas, compartiendo sueños y esperanzas, saldremos de esta crisis. Hoy, como siempre, el grito debe ser el de unidad.

Ni sindicatos de clase ni empresarios que le doren la píldora al burócrata de sueldo blindado.

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