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Nos desayunamos esta mañana con la noticia y el run-run periodístico de que la prensa francesa, con odio y resquemor, fiel a su esprit de revanche, propio del final del siglo XIX, acusa a los españoles de dopaje. Se dice desde Francia que en España todos estamos dopados, menos la economía. Declaraciones de este tipo, en otro tiempo, hubieran provocado movimiento de tropas, solemnes declaraciones de nuestras misiones diplomáticas, arengas en los cuarteles, y movilizaciones populares contra los tipos que saquearon las entrañas de nuestras iglesias, castillos, conventos, monasterios, catedrales y demás templos de nuestra historia secular.

Lo cierto es que no les falta razón. Los españoles tenemos el alma adormecida, achicada, dopada, drogada. Ciertamente. Pero no de clembuterol ni nandrolona. Tenemos el alma embotada y el nervio nacional sin tensión por efecto de una droga infinitamente más perversa.

Los españoles estamos dopados de anticlericalismo (como el de Voltaire, francés) y del  constitucionalismo laicista importado de la Francia que guillotinaba a sus clases dirigentes poseída por el terror revolucionario porque no podía guillotinar a Dios; estamos dopados del enciclopedismo racionalista de Diderot y D’Alembert, franceses, que arrumbó de la Política, la Moral, y de la Filosofía, la Verdad; dopados de ese liberalismo sin nervio que no cree en nada, sólo en sí mismo, y ahora ya ni eso; dopados de socialismo real, y de socialdemocracia, dopados de ese nacionalismo romántico que con origen en Rousseau, ginebrino al modo francés, pasó a la Alemania de Goethe y Fichte, que ha convertido a las Naciones en un ser amorfo, sin alma, sin historia ni destino, un ser ramplón y llorón, egoísta y cobarde, que es-en-tanto-es-distinto-al-otro, que ha convertido a la Nación en un agregado de individuos libres para para no se sabe qué; estamos dopados de Sociedad de Naciones, y de ONU, de francmasonería y de bonapartismo, dopados de instituciones comunitarias llenas de burócratas despreocupados de la vida de millones de europeos a los que hace años les contaron que el liberalismo al modo francés era el fin del progreso humano; dopados de progreso y desarrollo, de contingentes arancelarios, de cupos agrarios que han condenado a nuestro sector primario a la sumisión al campo francés, drogados de partidos y de Internacionales socialistas, populares y socialcristianas, drogados de irracional rechazo a la Iglesia, a la autoridad moral, al Ejército, a la excelencia, a las instituciones seculares.

Sí, ciertamente, los españoles estamos dopados del espíritu racionalista y revolucionario que entró en el XIX en una España, como decía Don Francisco Quevedo, por la carrera de la edad cansada, y que no supo o no pudo ofrecer resistencia a la barbarie relativista, economicista y sin escrúpulos, que nos ha convertido en una Nación de servicios, pero que no sirve a nada ni a nadie.

Indiscutiblemente, los españoles necesitamos desintoxicarnos de racionalismo y liberalismo, de partidismo y laicismo, de tecnicismo y burocratismo; precisamos un baño de realidad, de vida, de romanidad, de cristiandad; como un matrimonio en crisis, debemos escaparnos un fin de semana a la Hurdes, o a los Picos de Europa, a Cazorla o El Escorial, al Canigó o a Bailén, y recordar juntos nuestro primer amor, nuestros motivos íntimos, nuestras esperanzas explícitas e implícitas, nuestros sueños de grandeza, nuestro destino; necesitamos liberarnos de internacionalismo y ser más universales, liberarnos de afrancesamiento y hacernos más hispánicos y americanistas; arrumbar ese racional edificio del equilibrio de los poderes y el injusto igualitarismo y respirar el aire limpio de la justicia, que es orden y jerarquía.

Los españoles, en fin, como el resto de europeos, estamos dopados, sí. Pero no serán los franceses los que nos curarán. De eso, no tengo duda.

Tiempos difíciles para Europa. Pero que nadie crea que saldremos airosos con más estructura, más Leyes, más Directivas. Tengo para mí que el Espíritu de las Leyes ha sido quemado por sus propios voceros y que ya sólo nos queda el espíritu del Hombre, que se sabe nada. Fuerza, Honor, Nervio, Ansia, Ira, Fuego.

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