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Releo mi entrada de ayer y no estoy seguro de haber dado con las palabras adecuadas. La prisa no es buena consejera, y menos cuando uno coge la pluma tras el tráfago diario pensando más en buscar a Orfeo que en hallar las palabras adecuadas. Cuando en el último párrafo hablo de sacrificios y renuncias, individuales y colectivas, me refiero a que todo parece indicar que a lo que vamos a tener que renunciar, total o parcialmente – eso lo dirá Cronos, ése que devora a sus hijos – a comodidades, beneficios, prebendas y demás. Si no lo hacemos, quizás vamos directos al desastre. Quizás hemos de asumir que la asistencia sanitaria universal y sin restricciones no es posible ya y por ello asumir también ciertas desgracias personales. Hay que asumir que el crecimiento y el progreso científico no nos garantizan la felicidad eterna, que el Estado es incapaz de aliviar todas nuestras necesidades y penurias. Durante varias decenas de años hemos vivido la mayor parte de los españoles como si la muerte, la enfermedad, la soledad, o la pobreza no fuesen del hombre. Incluso, quienes profesan una fe cristiana han puesto su esperanza en el Estado, la Ley escrita, el Parlamento, la Prensa, la Banca, la Ciencia, la Técnica, los mercados.

Olvidando que todos ellos son instrumentos e instituciones al servicio del hombre, no dioses. Una sociedad que ha negado y sigue negando que el hombre nace – a algunos esa misma Técnica, Ciencia, Parlamento, y Estado los matan inmisericordes antes de nacer -, se reproduce – muy poco hoy, lo cual es gravísimo-  y muere naturalmente.  Y durante ese tiempo, se debe afanar en trabajar, servir, amar, contribuir al Bien Común. Hemos olvidado individual y colectivamente que la vida del hombre en la tierra es milicia, camino, lucha, crisis, agonía. Los políticos en campaña se niegan a decir la verdad. El modelo de Estado agoniza sin agonía. Y todos repiten que con un par de sangrías se salva el enfermo. Creo que ello no es posible. El enfermo Estado del Bienestar muere víctima de sus excesos porque se ha convertido en algo antihumano. Enterrémoslo cuanto antes y demos a luz – es la vida – a un nuevo Estado fuerte, con convicciones, capaz de afrontar los retos del nuevo mundo donde las civilizaciones chocan con brutalidad allí donde son frontera, esto es, por doquier.

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