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Ahora que Grecia está en boca de todos – y no quiero con ello, nada más lejos de mi intención, minimizar o chirigotizar el asunto, que es muy grave – procede recordar que el término mismo de crisis tiene su origen en Grecia. Procede del término  κρίσις. La segunda acepción de nuestro Diccionario de la Real Academia Española la define como la mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.

No sé por qué pero en mi subconsciente intelectual siempre he vinculado el término crisis a otro de igual origen helénico: agonía (ἀγωνία). Quizás, deduzco yo, porque mis recuerdos caminan hacia una de esas obras maestras de Don Miguel de Unamuno que devoré en el Bachillerato, La agonía del Cristianismo, donde con toda su crudeza y sentido espiritual , sinceridad y vibración intelectual, el gigante salmantino nos expone su terrible lucha con, para y por la fe en Cristo, su lucha, su combate para ganar la fe. Excelsa obra, de lectura obligada a mi entender. Obra que nos recuerda aquello que dice el Libro de Job de que el Reino de los cielos es sólo para aquellos que saben hacerse violencia.

Pues bien, demos por cerrado el círculo: ¿cree alguien que se puede salir de esta crisis sin lucha y combate? Individual y colectivo. ¿alguien en su sano juicio puede aceptar lo que se nos dice en este proceso electoral? ¿por qué se acepta sin oposición la afirmación de que podemos afrontar esta crisis sin hacer sacrificios y renuncias individuales, familiares y colectivas? Y, en fin, por qué ningún político, empresario, gestor, regulador o lo que sea, tiene el valor y la humildad, el arrojo y la generosidad de decirnos que no hay victoria sin combate; y que vale la pena luchar? La solución está en Grecia

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