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Todo hombre debe tener una musa. Y si no la tiene, debe buscarla y si no, inventarla. Y una vez la tiene, debe hacerla suya, de veras, como se hacen propias las cosas que valen la pena, del todo, unirse a ella y agarrarse fuerte. Sin musa no hay vida. A veces, uno cree tenerla. Pero a la primera que vienen mal dadas, la musa desaparece. Eso no es una musa, sino un hada, de esas de los cuentos, con varita mágica y todo, que huyen a la primera como el capital-riesgo. Las musas de verdad no te dejan solo, porque en realidad como son tuyas, como son un yo-en-ti, que es un tú-en-mí, no pueden huir, pues sería como huirse, lo cual no es posible, salvo para los poetas románticos, que se descerrajaban un tiro en la cabeza.

Mi musa es un ser encantador. No sé su edad exactamente, como si me importase mucho. Mi musa llega a casa cansada del tráfago diario, agotada, al borde del abismo, en ese lugar donde los malos no plantan batalla, los buenos se acobardan, y los santos triunfan. A mi musa le duelen los pies, le flaquean las piernas, le pesan los párpados, y le resuenan los oídos, le atruenan las sienes, le tiembla el alma. Pero en ese abismo donde la mayoría sucumbe, ella deja sus taconazos, su traje-chaqueta, su cabello recogido y su compostura socialmente aceptable en la puerta de casa, se pone cómoda y se-entrega-como-si-nada  a un par de enanos que la esperan ansiosa, gritando nerviosos, quizás llorando ya del sueño porque mamá ha llegado tarde.

Mi musa les da de cenar, les pregunta por el colegio, por sus amigos, por sus deberes – si llega pronto se arremanga las ganas de sentarse en el sofá y se pone a repasarlos con ellos -, por sus sueños y sus luchas. Y luego les acuesta. Mi musa les habla de su trabajo, de su valor, de su relevancia, de su entrega y sacrificio. Les explica que no es sólo por dinero, aunque cuenta, que esos taconazos no los regalan, que es por ellos, por la familia, por la ciudad, por todos, en fin. Que con su trabajo se hace ella mejor, cada día, y ayuda a otros a hacerse mejor, a sus compañeros, a sus subordinados, a sus contrarios. Que, en fin, trabajando ella cumple el plan de Dios. Mi musa acaba durmiéndose en la cama, rendida, con los peques, sin cenar. Y a la mañana siguiente despierta estupendísima dispuesta a plantar de nuevo batalla. Sus hijos la adoran.

Y yo también. Porque es mi musa, y vale por lo que es y hace, y no por lo que cuesta conquistarla.

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