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Querido indignado gay:

He tardado más de un mes en escribirte. Quizás creas que es una muestra de desprecio, pero no es así. Es que necesitaba calmarme para no faltar a la caridad. Me llamó la atención tu muestra de indignación tan…, tan…tan masculina. Gritos, escupitajos, empujones. Todo muy macho, en el mal sentido de la palabra. Y todo porque un joven austríaco rezaba el Santo Rosario en la calle Príncipe de Vergara. Semejante afrenta a tu indefinida sexualidad no podía pasar sin respuesta, eh? Ese otro joven polaco recitando “primer misterio. La Anunciación de la Santísima Virgen”. Para ti, humillante. Grosero.

No sé cuándo te ocurrió. Te conozco y sé que ni eres más sensible, ni más educado que yo, que de pequeño no jugabas con muñecas y te gustaban las chicas, que no haces poemas ni te gusta la música exquisita. Sé que todos tus tópicos son una farsa, un engaño. Ibas a la parroquia muy contento y participabas de tu comunidad felizmente. Sin embargo, en algún momento, sucedió que en la parroquia, el cura, no te habló de Cruz, de sacrificio ni de generosidad, ni de respeto. De tanto hablarte de amor, te confundiste, porque careces de formación y de modelos vitales válidos a seguir.Amor no es sexo.

Ahora te dedicas a cultivar y afeitar tu cuerpo. Echas fuera de ti todo lo que te recuerda a tu papá. Has renunciado a tu alma . Sabes que has errado el camino y la visita del Santo Padre te dio una luz instantánea acerca de ello. Pero te falta voluntad para cortar con esa vida falta de nervio y de espíritu; quizás, porque ahora estás ciego. Por eso le pides a los católicos que cambien su opinión sobre la homosexualidad, porque te horroriza que otros te recuerden la enormidad de tu fracaso. Dices, porque te conozco, que fue una elección, pero sabes que no es cierto, que si pudieras optar preferirías una mujer y unos hijos acompañándote en el camino. Ahora vas solo. Vives una escalada de horror. Por la noche te cuesta conciliar el sueño porque tu consciencia te reclama un segundo de atención. La echas de ti. Al final, conseguirás vivir sin consciencia. Y entonces serás definitivamente feliz. Triste felicidad sin consciencia.

No te preocupes, querido. El joven austríaco y el joven polaco, y el español, y el japonés y el congolés rezan por ti. Y escriben poemas a Dios pidiéndole que te perdone por tanto insulto y que te ayude a recobrar el camino. Aquel viejo cura que sólo te hablaba de comunidad y de amor y que no te habló de la Cruz, se ha clavado en la Cruz, por ti.

Pero no busques culpables ni responsables. Tú elegiste.

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