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No siempre se acierta con las lecturas veraniegas. Muchos prefieren libros de esos que puedes leer en la playa o en la piscina mientas alrededor tuyo corretean niños gritando y chapoteando. No es mi caso. Prefiero chapotear como el que más. Aprovecho para leer las horas extremas del día, vamos, o al amanecer cuando todos en casa aún duermen, y la ciudad se mantiene en silencio, o al final del día, cuando todos en casa caen derrotados por Morfeo, ese sujeto implacable al que muchos queremos combatir, y por el que todos somos vencidos.

Este año, antes de salir escopeteados con la familia como si la ciudad fuera a explosionar en un desastre nuclear, me acerqué a un par de librerías, y en lugar de elegir los libros, me dejé seducir por ellos. No elegí yo. Fui coaccionado por ellos. Esa fuerza irresistible que te dice que no debes elegir otro, sino ése. Ése que te mira y pide sollozando que lo liberes de la prisión.

Ése que no se puede ni siquiera hojear en la playa o la piscina, pues el libro se rebela orgulloso de sí mismo, exigiendo ser leído a solas, en la rotundidad del silencio.

El resultado ha sido extraordinario.  El Elefante, de Slamowir Mrozek; El concepto de la angustia, de Kierkegaard; Programa para conservadores, de R.Kirk; Catolicismo romano y forma política, de C.Schmitt; y La amistad de Cristo, de Bergson.  Dejo para posteriores entradas mis pequeñas contribuciones a la reseña bibiliográfica.

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