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Reconozco que hay muchos temas que intelectualmente me consumen. Bueno, seamos menos trágicos, que me consumen intelectualmente cuando me entrego a la divagación, que es mucho menos tiempo del que me gustaría y quizás mucho más del que debería.

Uno de ellos es, precisamente, el que rubrica esta entrada. Resolver ese falso enfrentamiento entre lo nacional y lo social, pero hacerlo de forma que al mismo tiempo se garantice el más perfecto reconocimiento y garantía de los derechos y libertades individuales. Ojo, no me refiero a lo que hoy en día la doctrina universitaria señala como tales, sino los auténticos derechos fundamentales de la persona, aquellos que emanan necesariamente, con una fuerza irresistible, de su condición de ta, hasta el punto de que si no se reconocen en ella, la misma persona desaparece como sujeto principal de la Historia.

Lo nacional, lo verdaderamente nacional, no puede ser contradictorio, opuesto o enfrentado a lo social, lo verdaderamente social. En esto, claro está, ni soy novedoso, ni sugerente, pues son muchos los que lo han dicho, y escrito, mejor que yo, sin duda. Así, basta citar a Ortega, o a Ramiro Ledesma con su Filosofía, disciplina imperial, por sólo citar antecedentes en España.

Sin embargo, esa lógica síntesis entre lo nacional y lo social requiere superar el test de los derechos individuales, y es claro, que ni Ortega ni Ledesma lo hicieron, no por desconocimiento, ni por falta de voluntad, sino simplemente porque vivieron y murieron en una época en que el constitucionalismo estaba aún en pañales.

Los últimos años de Gobiernos socialistas, con su ofensiva laicista y su entrega a las superadas tesis de la planificación económica y el gasto público, con su claudicación ante el secesionismo – en esto especialmente siguiendo la línea histórica de los gobiernos democráticos – y su renuncia a la defensa y promoción del Bien de todos, nos devuelven vivo como nunca el debate de lo nacional y lo social. Azuzado todo ello porque los pocos liberales de este país siguen a mi entender confundiendo individuo y persona y porque la derecha política no ofrece resistencia ninguna al debate, apareciendo como meramente reactiva en lo social y crudamente colaboracionista en la destrucción de lo nacional. Es sólo una divagación.

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