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Si de algo me  arrepiento en este preciso instante es de no haber dedicado, no una sino miles, varias entradas en este blog a la persona más relevante sin lugar a ningún género de dudas del último cuarto del siglo pasado: Juan Pablo II. Millones de palabras, escritas y habladas, son las que se le han dedicado en vida, y aún después de su muerte, a glosar su vida, su obra, sus discursos, sus gestos, su persona misma.

Por encima de todo, Juan Pablo II se nos aparece como un hombre santo. Un hombre que llevó el mensaje de Cristo, que es mensaje de amor, por todos los rincones del mundo, que cambió la vida de muchos hombres y mujeres con esos gestos, con sus discursos, con su obra, con su vida. Un hombre mortificado, que llevó el peso de la Iglesia en momentos de zozobra y dificultad, dudas, traiciones y cobardías. Un hombre que en este su primer discurso se nos muestra desnudo, sencillo, enamorado de Dios, fiel a la tradición de la Iglesia, extraordinariamente inteligente, con una capacidad enorme de empatía con el público, valiente, católico, marianista. Me encanta este recorte por lo que tiene de Historia viva de la humanidad.

Santo subito!

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