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Una de las cosas – son muchas, pero uno supongo que las va descubriendo poco a poco – que he heredado de mi padre; no en el sentido genético, ni en el sentido jurídico, sino cultural o moral, es la querencia o interés por los cementerios; por su belleza, por su tranquilidad, por su equilibrio, por su sorprendente paz.  Ni  almas en pena, ni espíritus que vagan desorientados, tampoco esa Nada que propugna la rampante laicidad. Antes al contrario.

Ayer, volviendo de nuestro fin de semana largo, decidí parar en Balaguer, pueblo catalán de visita recomendada. Plaza central porticada. Ciudad amurallada. Iglesia-castillo en lo alto. Subiendo la empinada cuesta del carrer de la Muralla, sobre lo alto se alza la iglesia de Santa María, y en uno de sus laterales, adosado, un hermoso cementerio, bien cuidado. Eran las cuatro de la tarde, una hora buena como cualquier otra para visitar a los muertos, nuestros muertos. Tras un breve rato de oración, paseíllo y fotos, descubrimos una hermosa lápida. Os la dejo aquí. Memoria histórica en carne viva. En el cementerio de Balaguer.  Esa otra Cataluña que vivió y murió asediada por la barbarie antihumana.

Saludos.

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