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Los Montes Universales son un universo en el monte. Se diría que aquella niña, rechonchita, de ojos diminutos pero vivos, muy vivos, había estado ciega hasta que alumbró la sierra, el pueblo, y la muralla. Es lo que tiene la ciudad, que si uno no se sale de ella, te ciega, y te imposibilita para la belleza en estado puro. Digo salirse de la ciudad y no salir de la ciudad, porque la urbe te devora y te hace uno con ella misma; por eso los habitantes de la ciudad no se llaman personas, sino urbanitas, que no es lo mismo que urbanista. El padre de la niña era ambas cosas. Como urbanita, se consumía en la ciudad; como urbanista, decidió vengarse y destruirla con cemento, de ese duro y frío, que si te sientas un buen rato, te aplana los cuartos traseros, como durmiéndolos, y al levantarte, te crees que no tienes culo.

La última curva antes de atravesar la muralla, avistando el castillo del Andador, supuso una explosión de júbilo. La niña, sentada en la parte de atrás del viejo turismo, sonreía. Su sonrisa era un amanecer de invierno. Cálida. Su padre la miraba desde el retrovisor, feliz también, como reconfortado con la decisión de haberlos sacado de la ciudad. El pueblo, asentado sobre la península que conforma a su paso el río Guadalaviar, era una imponente fortaleza. No como esa ciudad en la que vivo, pensó la niña, que vive desprotegida del todo.

Aquella primera tarde, después de descargar los enseres familiares, en una de esas casas solariegas, de gran portón, diminutos ventanucos que protegen del frío y del sol, picaportes helados por la historia, alerones que se ensamblan como cogiéndose unos a otros, para no caerse, que son ya muchos años, y no está la vida para estos trotes, decidieron bajar al río. Aún calentaba el sol. Los padres, se recostaron tras la comida, en una vieja manta prestada por la amable propietaria de la casa, que la arrendaba por días los fines de semana. La niña y sus hermanos decidieron optar por la aventura.

La aventura es lo contrario al descanso, pensó la niña, que aunque era la mayor, corría detrás de sus hermanos. Un animalillo cruza ante ellos. Se detiene. Ellos también. Ella avista a lo lejos a un hombre viejo que con parsimonia y dificultad, se acerca a la orilla. De la carrera de la edad cansado, recuerda una de esas poesías que le hacen aprender en el colegio de memoria, pero que no se entienden, hasta que no ves a un hombre viejo, con parsimonia y dificultad acercándose a la orilla, de un río viejo, a la falda de una ciudad vieja, ya pueblo sólo. Sus hermanos se despistan buscando setas.

Rianu se acerca al viejo. Y se sienta a su lado. Le mira embelesada. No sabe lo que hace. El viejo la mira y quizás mueve algo la cabeza, como saludando sin querer, que es como saludan los rudos. Se calza unas botas de plástico y se adentra en el río. La corriente no es muy fuerte, pero Rianu piensa que aquel señor puede resbalar en cualquier momento y dar con todo su cuerpo en el agua. Empieza a oscurecer. Sus hermanos han vuelto con los padres. De repente, el viejo de andar difícil y parsimonioso, que miraba atento el agua, ligeramente inclinado hacia adelante, realiza un movimiento extremadamente ágil y violento. Rianu casi se asusta. Ha metido sus dos manos en el agua con una velocidad impropia.  Los ojos de Rianu, diminutos y vivaces, se agrandan, y aquietan. Sorpresa. El viejo lleva en sus manos una trucha enorme, que aprieta fuerte contra su cuerpo. El animal se rebela y lucha. El viejo le habla otra vez con lentitud y le cuchichea al oído: <<te cogí>>. Rianu no sale de su asombro. Conoce la pesca de altura, de bajura, de arrastre, de gran altura, con caña, la pesca costera. Pero no conocía la pesca con manos.

El viejo se acerca a Rianu, metiendo el pez en una bolsa que lleva colgando de su cinturón, y que a Rianu le había pasado desapercibida. Rianu se levanta de golpe, sorprendida, y le dice, piropeando, <<¡qué habilidad!>>. El viejo la mira, y una lágrima se anuncia en sus ojos. Hija mía no sé quién eres ni de dónde vienes. Llevo treinta años intentando pescar a mano y nunca había cogido nada. Y hoy, por fin, por primera vez, lo he conseguido. Todos los días durante treinta años he vuelto a casa con las manos vacías pero con la esperanza de volver al día siguiente y conseguir cazar a este pobre animal, que me miraba sonriente. Hoy volveré a casa con las manos llenas, pero sin saber qué hacer mañana.

Rianu le gritó mientras se retiraba corriendo: <<Pues volver mañana y pescar otro>>. Y sonrió. El viejo la miró mientras se alejaba. Se volvió. Sacó el pez de la bolsa y lo devolvió al río mientras pensaba: <<mañana nos vemos>>

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