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Es el titular de todos los medios de comunicación. Hoy, elecciones en Cataluña. Acabo de votar. La parafernalia electoral carece absolutamente de belleza. Es ciertamente deprimente. Nadie hay recibiéndote a la entrada del <colegio electoral>. Nadie te trata de usted. Nadie te agradece el voto. Nadie. Sólo los dos o tres interventores de los partidos grandes, que cuando te ven aparecer con tres niños y la mujer embarazada te miran con desprecio y van a ayudar muy solícitos a los tres o cuatro abuelitos que aún buscan entre las mesas la papeleta de su elección. Cada vez que voy a votar me pasa lo mismo: Me arrepiento de haber perdido ese tiempo y salgo pensando que al interventor de CIU o del PSC les deberían aplicar la ley electoral y entrullarlos aunque fuese media hora para que aprendiesen un poco de democracia parlamentaria y liberalismo. Supongo que si te ven aparecer con los peques piensan…no es votante nuestro.  Y no les falta perspicacia, porque qué razón tengo yo para votar a los de siempre, si los de siempre nos han traído hasta aquí.

Aunque hoy, por lo menos, hace en el pueblo buen tiempo, y hemos dado un paseo saludable bajo un cielo limpio y un sol fuerte.

Mi hijo mayor me ha prguntado qué es votar. Le he señalado que los españoles, al llegar a los 18 años, metemos un papelito en una urna de cristal, cada cuatro años más o menos, para decidir quién debe mandar ygobernarnos. Mientras se lo decía – perdónenme – caía en la cuenta de lo absolutamente ridículo del sistema. La respuesta de mi hijo me ha dejado maravillado. Pueden creerme que no quito ni pongo coma: ¿y por qué no votamos a Jesús?

La respuesta,  y no porque sea de mi hijo, es extraordinaria, maravillosa, intuitiva. A quien suscribe días como el de hoy, le producen un cierto malestar. Tanta energía perdida, tanto tiempo robado; tanta esperanza traicionada.

Por la noche nos vemos.

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