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La rúbrica de esta entrada se la debo a David L., uno de los principales comentaristas de este blog, que en un comentario anterior señalaba que el colapso del sistema llegaría más temprano que tarde.  Personalmente no suelo jugar a hacer predicciones porque tengo para mí que mi natural incapacidad y sobre todo la natural libertad del hombre hacen que ese juego ordinariamente devenga en estrepitoso fracaso.

Ciertamente no sé si el sistema entendido como conjunto de instituciones políticas, sociales, económicas colapsará definitivamente mañana o lo hará dentro de unos años; aunque es lo cierto que los tiempos que vivimos se nos aparecen como revolucionarios.

De lo que sí estoy seguro, sin embargo, es de que el Estado del Bienestar como modelo institucional básico imperante al menos en la Europa Occidental es insoportable no ya por resultar incapaz para afrontar los retos actuales sino porque es esencialmente antihumano, antijurídico e inmoral.

Es pues inevitable el colapso. Más aún, el colapso se halla ínsito en el mismo Estado del Bienestar. El mismo nombre dado – si no me equivoco, curiosamente, de origen norteamericano – resulta insoportablemente cursi y equívoco. No sé si llegará el colapso dentro de una semana o dentro de una década, pero lo que sí sé es que en la medida de lo posible dedicaré mi tiempo a contribuir a desenmascarar la impostura. 

El Estado del Bienestar es un gran farsante, un enorme e institucionalizado telepredicador, un “vendemotos” con el poder que otorga disponer del Boletín Oficial del Estado. Miente y sonríe. Recauda y sonríe. El Estado del Bienestar es en su origen el resultado de una cobardía.

Con la excusa de no caer en el totalitarismo de los fascismos de entreguerras el liberalismo mal entendido pacta vergonzantemente con el marxismo bien entendido que a cambio del mantenimiento de unos mínimos principios relativos a la economía de mercado y a la representación parlamentaria, está dispuesto a renunciar a la defensa de la libertad. Ambos de consuno crean el Estado del Bienestar como prototipo del modelo político perfecto y superador. Un engendro incomprensible e incoherente, que suplanta al individuo y la familia, que sustituye a las comunidades naturales vivas y ricas por asociaciones políticas artificiales, que compra voluntades a cambio de subsidios, libertades a cambio de una supuesta perpetua paz; un Estado que promete el elixir de la eterna juventud. Por eso derechas e izquierdas, si es que las hay, coinciden en una cosa: la defensa a ultranza del Estado del Bienestar. Ese compromiso histórico no se puede romper, no sea que al Hombre le dé por recordar o intuir que lo es de veras.

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