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Querido amigo:
Toca, es obligado, continuar con lo de las propuestas para una nueva transición. Porque la misma resulta ya absolutamente esencial. Cuestión de supervivencia.
Es imperativa una gran reorganización administrativa que nos permita a todos recuperar el auténtico sentido de la función pública: determinados ciudadanos que con vocación de servir al Bien Común, intercambian seguridad en el puesto de trabajo por una retribución menos elevada que la que ofrece el mercado en cada momento.
Vocación, seguridad, Bien Común. Tres elementos que se nos aparecen como en crisis. El funcionario, el servidor público, debe responder, como todas las personas, a su vocación. Su función para el buen funcionamiento de la sociedad como cuerpo vivo es tan relevante como la del empresario, el banquero, el trabajador por cuenta ajena. Pero si no hay vocación, resulta fallido. Resulta fracaso. La única manera posible de asegurar que la vocación es sincera y la intención es recta consiste en elevar el nivel de las pruebas de acceso a la función pública.
La función pública en general es duramente atacada por amplios sectores de la sociedad – fundamentalmente desde un liberalismo mal entendido que se acerca sin pudor al abismo que es el caos. Y lo es por su ineficacia, su lentitud, y en esta España nuestra de las Autonomías, la duplicidad o incluso multiplicidad de Administraciones concurrentemente competentes en una materia, que complican la actividad económica, perjudican los derechos ciudadanos y esclerotizan la iniciativa privada. El diagnóstico es correcto, pero la solución no es ni la crítica furibunda a la función pública ni la tentación contraria consistente en pensar que acumular personal mejorará la situación.
La Administración debe ser eficaz, y por tanto ágil; y por tanto, delgada, fina, liviana. El personal al servicio de las Administraciones Públicas en España debe reducirse de forma drástica, constante y global. Y a la vez debe impulsarse un proceso de endurecimiento del acceso a la función pública, que traiga consigo la elevación del nivel técnico, profesional, y la consiguiente depuración en los procedimientos de ingreso de quienes carecen de vocación.
Es decir, todo lo contrario de lo que se propone desde la izquierda, emperrada en confundir la igualdad con la pobreza material y espiritual; y yendo más allá de lo que propone – al parecer – la derecha-centro-reformista, consistente exclusivamente en reducir el coste económico del sostenimiento de lo público.

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