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Es España un país surrealista. En sentido estricto, es decir, un país que vive por debajo de la realidad. Este año se celebra el segundo centenario del nacimiento de Jaime Balmes, una de las cumbres de la filosofía nacional, que haberla, la hay, a pesar de lo que se diga. Decía Balmes en su Criterio que la verdad de las cosas está en la realidad. Luego, si España vive – como sostengo – por debajo de la realidad, debo concluir – el lector avisado no me perdonará otra cosa – el silogismo afirmando que España vive por debajo de la verdad.

Esto de vivir en el su-realismo, esto es, por debajo de la verdad, es un mal terrible, porque obviamente incapacita para un conocimiento verdadero, un análisis fecundo, una fijación de objetivos claros y asequibles.

España es un país donde viven o habitan o quizás simplemente vegetan unos cuantos miles ( ni siquiera lo sabemos, ¡cómo vamos a saberlo si vivimos en el subsuelo de las cosas!) de liberados sindicales; esto es, compatriotas nuestros que no trabajan y cobran. No están enfermos, ni lisiados, ni afectados por el mal de altura, no resultan inhábiles para el trabajo sino en lo que afecta a su voluntad, que la tienen cercenada por la pereza y el odio de clase.

Parece que una parte de España lo descubre ahora, como si no llevaran años viviendo del cuento, contaminando al trabajador, acogotando al pequeño empresario, saturando los tribunales. La otra mitad ni siquiera se da cuenta ahora, claro, como siempre.

Ciertamente, no trabajar y cobrar, no trabajar y comer, es surrealista, ilógico, fuera de toda justicia. El que no trabaja que no coma, aserto evangélico, de indiscutible justicia hasta para quienes no creen más que en su ombligo, o su estómago.

Hace años ya, cuando inicié mi carrera profesional, descubrí al Liberado Sindical. El liberado sindical puede ser alto o bajo, grueso o delgado, listo o tonto, rubio o moreno, de uno o de otro sindicato, pero tiene rasgos comunes: vive en el prejuicio ( porque nunca ha intentado pasar al juicio, siempre se quedó en el pre, no sea que se canse) y en el odio de clase, dice defender a los que trabajan sin trabajar, vive del erario mientras por su boca no salen sino exabruptos ininteligibles contra el Poder, sobre todo si es la derecha. Come bien, calentito siempre. Sus afiliados le invitan a café o a cerveza; pobres ellos le idolatran, persuadidos al parecer de que con su pereza e inactividad ellos serán más libres. Habla, habla mucho, palabras vacías, consignas superadas, habla mentiras, contamina, engaña, y finalmente, es obligado, pacta, siempre pacta, con la maldita patronal! No sea que le pongan a trabajar.

No es bueno vivir por debajo de la realidad, porque entonces nunca vemos la verdad, ni siquiera la presentimos. Es preciso subir a superficie. Pero para ello habremos necesariamente de soltar amarras. hablan de 16.000 liberados. A 1.000 euros al mes, son 16 millones de euros en sueldos todos los meses.

Mientras, el trabajador español, el de verdad, el que siente y quiere, el que ama la obra bien hecha, el que se une al empresario sabedor de que ambos son piezas necesarias de la misma maquinaria, mira perplejo. Él sí trabaja. Por eso come. Y debe comer. Siempre. Ese trabajador sabe que el enemigo no es el empresario, sino el liberado, el de la soflama, el de papeles para todos, el de muera el capital, el de…El vago de siempre, que ahora vive como un rey bajo el manto del Estado del Bienestar. Su-realista.

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