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Escribía allá por el 14 de junio de este año – inspiración divina – que las elecciones serían el 28 de noviembre. Curiosamente no me equivoqué. Y no porque uno sea muy listo o tenga buena información sino porque al final uno empieza a comprender cómo razonan o sinrazonan quienes ostentan el poder político.

Escasamente quedan dos meses. Se dice que las campañas no sirven para nada, que el ciudadano ya ha decidido su voto. No lo creo, o por lo menos no es mi caso. Tengo claro a quién no voy a votar siguiendo un método de toma de decisiones bastante común y generalizado. Pero no lo contrario. La campaña, supongo, será finalmente determinante. Ahora bien, mi voto no se decidirá ni por una o dos promesas, ni por la lectura de un programa que los mismos partidos no toman como un compromiso moral frente al ciudadano sino como un elemento más de distracción publicitaria. Menos aún, en el actual estado de cosas, mi voto será decidido en función del voto anterior o del recuerdo de voto.

Decidiré mi voto en función de dos variables: una, más o menos objetiva, cuantificable, como lo es la confianza que me merezca personalmente el candidato ( no es preciso aclarar que uso el masculino con finalidad omnicomprensiva por economía de medios), por su equipo, sus antecedentes, su capacidad de trabajo, sacrificio, templanza, prudencia; y otra segunda, más subjetiva sin duda pero no menos decisiva, que es la ilusión que transmita; eso no tangible que se siente, que se percibe por los sentidos, que entra por los ojos, y por los oídos, y que se huele o se palpa. 

El escenario más tonto sería volver al año 2002-2003, justo antes del tripartito: Una Convergencia encaminada al separatismo y al laicismo, en el gobierno, con un PP que mire más a la Carrera de San Jerónimo que al Parque de la Ciudadela; un Parlamento reducido con la izquierda radical-separatista socavando el Poder desde el no-poder del mismo modo que lo han hecho desde el Poder. Es un escenario que nadie en su sano juicio puede desear. Por su propia salud, y por la salud de los demás. Que los protagonistas cambien su actitud o que cambien los protagonistas. Creo que es un deseo generalizado entre los que vivimos en Cataluña.

Bueno, pues en fin, dos meses de soporífera y angustiosa campaña electoral por delante. Sabemos que, de fondo, poco cambiará. Pero para eso, por desgracia, el sistema de partidos no nos sirve de mucho. Nosotros, aquí, seguiremos escribiendo y deseando ponernos a disposición de quien proceda para ayudar a la imprescindible propuesta conservadora.

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