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Como decíamos ayer, el Tribunal Constitucional, en el frontispicio de su reciente sentencia sobre el Estatut, acude al concepto de voluntad general. La voluntad general entendida, así, como sujeto soberano, se convierte en un perverso tirano, sin más límite para el Alto Tribunal, que la sujeción estricta al procedimiento legalmente establecido.

Recupera así el Tribunal Constitucional la teoría de Rousseau en su contrato social. Rousseau se inventa una teoría, sin base ni científica, ni antropológica, ni lógica ninguna, no sustentada ni en la historia, ni en la realidad. Según esa teoría los hombres pasamos del estado salvaje donde prima la libertad individual a un estado civilizado donde nuestra libertad queda reducida a una libertad civil, como consecuencia de rubricar un contrato que da origen a la sociedad.

Por virtud de ese contrato, dejamos de ser personas y pasamos a ser simplemente ciudadanos, renunciando a nuestra libertad individual por una pretendida libertad civil. Firmado el contrato, según Rousseau, nada puede imponerse a la voluntad general.

Atribuir el poder exclusivamente a la Voluntad supone olvidar que el hombre es más, mucho más, que voluntad. El hombre es memoria, e inteligencia, razón y fe. Memoria, inteligencia y voluntad. Atribuir el poder exclusivamente a la Voluntad nos hace esclavos de la fuerza del número. No hay razón lógica ninguna para pensar que el número, la acumulación de adeptos, seguidores, partidarios o esclavos de una facción, hace a una idea, o una decisión, o un proyecto mejor que otro.

La Voluntad, esto es, la facultad del hombre que impulsa a la acción – entendida en sentido amplio, y por tanto, también la que impulsa a amar, a pensar, a soñar, o a llorar – debe ser, lógicamente, resultado de un proceso humano lógico, proceso que realiza la inteligencia, esto es, la facultad del hombre que le permite formarse un juicio sobre algo; asimismo, esa inteligencia no puede – so pena de ser mutilada – prescindir de la memoria.

El hombre es un ser histórico, un ser racional, un ser libre. La mera voluntad, por tanto, no resulta válida como regla impulsora de la acción humana. Porque en otro caso la voluntad no es libre, al no asumir responsabilidad. La responsabilidad tiene su origen precisamente en la fase previa en que el hombre conforma desde su inteligencia, el sentido de la acción. Si el hombre no razona y sopesa los posibles efectos de su decisión, si no es capaz de adoptar una decisión moral – optando por el bien frente al mal – porque el acto moral supone un juicio y una opción, no puede responsabilizarse de sus actos. Y por ello no hay acto humano pleno.

¿Cómo podremos entonces atribuir el Poder a la mera y simple Voluntad general? ¿qué razonada sinrazón lleva al TC a recurrir a la Voluntad General como fundamento último del orden jurídico-constitucional?

No lo sé. Lo que sí sé, es que hay menos distancia entre Rousseau y la tiranía que entre dos cabellos de mi testa.

Ya saben…de la Voluntad General…al Triunfo de la Voluntad…

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