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Decía hace unos días   que el hombre es en primer lugar y por encima de todo un ser religioso, en el sentido de que se liga o tiende a otros y en último término a un Otro, que busca la Belleza y la Verdad porque en ellas pretende su felicidad, y a partir de esa circunstancia he intentado señalar de forma sucinta algunas consideraciones relevantes sobre el respeto a la persona y la libertad religiosa a las que debería responder el movimiento conservador en España.

Asimismo, la Persona, el Hombre, es un ser con intimidad, que se sabe persona, que se distingue, que es capaz de ser, y de verse, pero a la vez es un ser social, en relación, de tal modo que se es más persona cuanto más se es en los demás, cuánto más crece el hombre, cuánto más se anonada, se vacía, se da, se entrega. Alguna doctrina filosófica ha intentado reducir al hombre a ese dato de la sociabilidad, de forma que – como todas las visiones que nacen amputadas – no ha sabido ver sino en el hombre un haz de facultades y de interrelaciones más o menos conexas.

La sociabilidad del hombre, no es pues – permítaseme – cultural o histórica. Es intrínseca. Y además es una sociabilidad característica porque se agranda o perfecciona en la medida que el hombre entra en relación con los demás dándose y entregándose y por el contrario, se achica o adultera cuando el hombre busca en el otro su propia satisfacción. Todos los seres humanos hemos experimentado en algún momento ambas sensaciones: la felicidad y la insatisfacción.

Lo que acabo de señalar, que a mi entender es un hecho comprobable y comúnmente aceptado, en la medida que es humano, tiene su reflejo en el mundo de la Política. O lo que es lo mismo, si lo dicho es cierto, el gobernante, el buen gobernante que descansa por la noche en la satisfacción del bien común, que es bien de todos, debe tener como obligación grave la de dar lugar a un sistema que promueva esa riqueza de relaciones humanas que buscan al otro no como una cosa u objeto en la que satisfacer deseos, intereses o necesidades, sino como una oportunidad para darse, entregarse. En la medida que el gobernante sepa dar con los mecanismos de representación y participación y de interrelación social, cultural o económica que permitan a las personas desplegar en plenitud ese aspecto de su ser auténtico, tendremos un buen gobernante.

Por el contrario, cuando quienes detentan el poder promueven el odio, el enfrentamiento y la contienda estableciendo modelos que llevan a nbo ver en el otro más que un enemigo o, peor aún, un sujeto que utilizar, se abre ante nosotros – otra vez – el abismo.

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