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Seguro, amigo mío, te preguntas adónde me van a llevar mis divagaciones filosóficas de los últimos días. Y seguro que esperas que el discurso descienda a un plano menos teórico y más combativo. Vamos a ello. En mi opinión, lo que verdaderamente distingue al hombre de cualquier otro ser de la naturaleza es su trascendencia, su capacidad de salir de sí mismo y hacerse otro, su búsqueda de la verdad, su posibilidad de re-ligarse a la trascendencia. El hombre es un ser religioso.

Pues bien, si el hombre es singular, específicamente un ser religioso capaz de la trascendencia, y los sistemas de organización política, social y económica son para el hombre y el hombre para el sistema, es claro que el sistema debe proteger, defender y promover esa faceta, aspiración o vocación del hombre. O lo que es lo mismo, si la dignidad de la persona es fundamento del orden político y social, y lo que singulariza esa dignidad es su posibilidad de trascender en búsqueda de un Dios que da sentido al orbe entero, es igualmente diáfano que cualquier doctrina o sistema que se sustente sobre una visión atea, o laica en el sentido de a-religiosa, es antihumana.

cristiano copto castigado por su fe

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Sólo un sistema que vea el hecho religioso como algo natural, sustancial para el hombre y lo vea en sentido positivo, promoviendo la espiritualidad de los ciudadanos, su sentido ascético de la vida, será capaz de responder a las exigencias de la dignidad de la persona, y podrá respetar la libertad profunda del Hombre, esa libertad íntima, no tutelada ni reglada.

Por el contrario, cualquier sistema – por amplio que sea el elenco de pequeñas libertades concretas que se proclamen formalmente – que vea el ser religioso del hombre con recelo, o con indiferencia, lleva en su seno el germen de lo totalitario, que es la negación de la persona.

En este asunto, además, no caben ni términos medios, ni posturas ambiguas, ni posiciones centrales, o moderadas, o reformistas. Porque es una exigencia misma de la Persona.

El debate sobre la separación Iglesia-Estado, de este modo, resulta vacío de contenido. No puede haber separación porque no se trata de instituciones que se hallen en un mismo nivel y que puedan colisionar ( como sucede entre los Poderes mismos del Estado) y por ello sea preciso separar y equilibrar. La Administración no tiene, no puede, por su propia naturaleza, tener o profesar una religión, porque es ello patrimonio de la persona. Ahora bien, el Estado, como modo de organización política de una sociedad sí puede, y en su caso debe, defender la religión de sus ciudadanos, que es su libertad misma, frente a las agresiones del laicismo antihumano y frente a cualquier religión que con principios ajenos a los del mismo Estado y de nuestra civilización occidental – que es griega, y romana, y cristiana – pretenda sobreponerse a las creencias religiosas de los españoles.

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