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Llevo varios años ya enseñando a mis alumnos en la Universidad que jurídica, política y moralmente el concepto de lo gratuito resulta aborrecible cuando de la actividad y el servicio público se trata. Lo gratuito equivale para el común de las gentes a “no precio”; pero la Escuela Austriaca nos ha enseñado que el precio aparece como la forma de dar jurídica y económicamente valor a las cosas. De este modo, en un primer momento, lo gratuito se identifica mayoritaria e inconscientemente con “lo no valioso” o “poco valioso” desde el punto de vista económico. Y por un automatismo psicológico que no acabo de discernir el ciudadano que adquiere gratis el servicio o actividad públicos no se reconoce deudor del que le da “gratis”, con ánimo de liberalidad, sino que por el contrario considera que tiene derecho a “lo gratuito”, que “lo gratuito” es suyo, íntimamente suyo, produciéndose el efecto moral de no “valorar” lo que se da por otros y de no “esforzarse” en conseguirlo, en un segundo estadio. Finalmente, como no lo valora, no lo cuida, ni protege, ni respeta.  El efecto posterior es que al perder valor, lo pierde también para el que presta el servicio, porque no tiene interés en prestar sin precio, y sin que se valore su esfuerzo, viéndose mermada la calidad. 

El Estado del Bienestar ha institucionalizado ese pernicioso efecto de modo global. Las consecuencias son devastadoras sobre todo cuando el servicio prestado gratuitamente, además, se presta en régimen de monopolio; pues los ciudadanos ni siquiera podemos elegir. Sanidad, Educación, son sólo dos ejemplos de servicios prestados por la Administración con carácter gratuito cuyo valor para el público es nulo o casi nulo y que alarmantemente se hallan en la última fase del proceso que he relatado arriba.

Los ciudadanos hemos de saber que todo tiene un valor porque todo bien o servicio es el resultado de una acción humana valiosa por sí misma. Desgraciadamente nuestra incapacidad o falta de humildad nos impiden discernir la existencia del valor, en muchas ocasiones, si no existe un precio. El precio nos obliga a descubrir en las cosas la existencia de un valor. Tiene, así, un efecto pedagógico y moral extraordinario. Gratis? No, por favor, ya nada más gratis! El Estado del bienestar constituye el triunfo del socialismo sobre la economía libre. Forzoso es recuperar la libertad, aunque cueste.

¡Necesito dar valor a las cosas, porque eso me ayuda a valorarme a mí y a los demás!

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