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Constantemente, se habla de calidad en la educación y prácticamente siempre, por efecto reflejo de lo políticamente correcto, se contrapone la calidad a la equidad, como si fueran incompatibles. El gobierno del Partido Popular, ya al final de su mandato, promovió la aprobación en Cortes de una Ley Orgánica 10/2002 de Calidad de la Educación que el gobierno del Partido Socialista se apresuró en suspender, y luego derogar. Dicha Ley llegó tarde y no se aplicó. La izquierda, más atenta al hecho cultural, y por tanto, a las exigencias de controlar la educación, no perdió ni un segundo.

Es preciso acabar con esa perversión del lenguaje que contrapone equidad a calidad. La equidad, esto es, la aequitas latina, es sinónimo de Justicia, y no de Igualdad.  Niego rotundamente que la igualdad sea un fin u objetivo deseable con carácter general y menos aún en materia educativa. La igualdad no responde a la naturaleza de los hombres, que somos, todos, distintos entre nosotros, y sí la Justicia. Es por ello que propugnar la calidad y la excelencia es defender la Justicia.

Esa igualdad mal entendida es igualitarismo o pretensión de igualarnos a todos, sin excepción, prescindiendo de nuestras condiciones, hábitos, vicios, virtudes, facultades o resultados. La equidad o Justicia consiste en dar a cada uno lo que se merece. La Justicia exige igualdad de oportunidades, esto es, que el punto de salida tienda a ser el mismo para todos, pero ni es bueno ni es deseable que el punto de llegada sea el mismo. Si ello fuera así, es que hemos hecho un sistema antihumano.

La nueva transición exige un cambi0 radical en el sistema educativo que pasa por propugnar y fijar condiciones que incrementen y premien la calidad, sancionando lo contrario. La calidad es búsqueda de la excelencia. Es rigor, trabajo, esfuerzo, sacrificio, disciplina,  reciedumbre, carácter; pero es también ingenio, apertura de miras, generosidad, entrega y alegría.

Por la calidad y equidad de la educación !

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